Me invitó a subir a bordo con él a tomar una copa de vino y ser buenos amigos. Le agradecí su ofrecimiento, pero lo rechacé, y nos despedimos de manera amistosa.
Mi segundo incidente, que ocurrió un par de meses después del primero, no tuvo un final tan pacífico.
Disuelta la sociedad de la empresa en la que trabajaba, tuvo lugar una subasta de los muebles de la misma.
En la sala donde se estaba llevando a cabo la subasta, me encontraba de pie entre una multitud heterogénea de chinos y extranjeros. Un robusto escocés de seis pies de estatura se hallaba de pie detrás de mí. No era un completo desconocido, pues me lo había cruzado en las calles varias veces.
Empezó a atarme un puñado de bolas de algodón a la coleta, simplemente por diversión. Pero lo pillé en el acto y, de buenas maneras, se la levanté y le pedí que la desatara. Se cruzó de brazos y se estiró por completo con una expresión de absoluto desdén y desprecio. Al instante comprendí la situación y, mientras mi semblante se ponía serio, le reiteré mi exigencia de que me quitara aquel adefesio. De repente, me propinó un puñetazo en la boca, aunque sin llegar a hacerme sangre.
Aunque me sacaba una cabeza y hombros de altura, no me sentí en absoluto acomplejado ni intimidado por su aspecto corpulento y despectivo.
Se me había subido la sangre a la cabeza y, sin pensar en nuestra diferencia de tamaño y fuerza, le devolví el golpe exactamente en el mismo lugar donde me había golpeado, pero mi golpe fue tremendo y llegó al blanco con la rapidez del rayo, sin darle tiempo a pensar. Hizo brotar sangre en abundancia de sus labios y su nariz.