un tratado con China sobre la futura importación de mano de obra culí al Perú. Quería que yo fuera a visitar al comisario y hablara con él sobre el asunto, lo cual hice.
En su conversación, me pintó de color de rosa lo bien que se trataba a los chinos en Perú; cómo estaban prosperando y marchándoles bien las cosas allí, y dijo que el gobierno chino debería celebrar un tratado con Perú para alentar a la clase más pobre de chinos a emigrar a ese país, el cual ofrecía una excelente oportunidad para mejorar su situación.
Le conté que sabía algo sobre el tráfico de culíes tal como se llevaba a cabo en Macao; cómo los campesinos eran embaucados y secuestrados, metidos en barracones y retenidos allí por la fuerza hasta que los embarcaban, momento en el que les hacían firmar contratos de trabajo ya fuera para Cuba o Perú.
Al desembarcar en su destino, eran vendidos al mejor postor y obligados a firmar otro contrato con sus nuevos amos, quienes se cuidaban muy mucho de hacer renovar el contrato al término de cada plazo, convirtiéndolos en la práctica en esclavos de por vida.
Luego le hablé de los horrores de la travesía entre Macao y Cuba o Perú; de cómo cargamentos enteros de ellos se amotinaban en alta mar, y o bien se suicidaban en masa arrojándose al océano, o bien reducían al capitán y a la tripulación, los mataban y los arrojaban por la borda, y luego se encomendaban al azar a la deriva del barco.
Tales eran algunos de los hechos y horrores del tráfico de culíes que le pinté al comisionado peruano. Le dije sin rodeos que no debía esperar que lo ayudara en este negocio diabólico. Por el contrario, le manifesté que disuadiría al virrey de celebrar un tratado con Perú para llevar a cabo un tráfico tan inhumano.