tipo más repugnante y repulsivo, tal como se las enseñaba su progenitor; aun así, sus padres se sentaban a escucharlo con evidente satisfacción, mirando a su alrededor hacia los pasajeros para captar su aprobación. Uno de los pasajeros, un inglés que estaba cerca escuchando y fumando su pipa, se limitó a comentar irónicamente: «Tienen un muchacho listo». Ante esto, el capitán asintió, mientras la madre parecía regodearse con su joven retoño. Una escena así ocurría a diario y era imposible de evitar, ya que estábamos encajonados en unos espacios muy reducidos debido al pequeño tamaño de la embarcación. Ni siquiera había una cubierta de metro y medio donde uno pudiera estirar las piernas. La mayor parte del tiempo estábamos encerrados en el comedor, por ser el lugar más fresco que pudimos encontrar.
Antes de que nuestro viaje estuviera a mitad de camino, tuvimos ocasión de desembarcar en una de las islas más septentrionales del archipiélago hawaiano en busca de agua dulce y provisiones.
Mientras abastecían el buque, todos los pasajeros bajaron a tierra y se adentraron en el campo a dar un paseo, lo cual supuso un gran alivio. Estuvimos ausentes casi todo el día. Todos volvimos a embarcar a primera hora de la noche.
Parecía que el capitán había llenado la bodega de proa con pollos y pavos jóvenes. Nos felicitamos pensando que el patrón, al fin y al cabo, había dado un giro para mostrar una vena generosa, que solo había necesitado una oportunidad para manifestarse, y que durante el resto del viaje sin duda iba a alimentarnos con pollos y pavos frescos para compensar la caballa en salazón, la cual podría habernos dado escorbuto de haber continuado con la misma dieta.