Los primeros cinco capítulos de este libro relatan mi primera educación, antes de ir a América, donde continuó, primero en la Academia Monson, en Monson, Massachusetts, y más tarde, en la Universidad de Yale.
El sexto capítulo comienza con mi reingreso al mundo chino, tras una ausencia de ocho años.
¿No sería extraño que una educación occidental, ejemplificada continuamente por una civilización occidental, no hubiera obrado en un oriental tal metamorfosis en su naturaleza interior como para hacerlo sentir y actuar como si fuera un ser procedente de un mundo diferente, al enfrentarse a uno tan diametralmente distinto?
Este era precisamente mi caso y, sin embargo, ni mi patriotismo ni el amor por mis compatriotas se habían debilitado. Por el contrario, se habían fortalecido por la empatía.
De ahí que los capítulos siguientes de mi libro traten sobre la puesta en práctica de mi plan educativo, como expresión de mi amor perdurable por China y como el método más factible, a mi parecer, para su reforma y regeneración.
Con la repentina clausura de la Comisión Educativa y el llamado de los ciento veinte estudiantes que formaban la vanguardia de los pioneros de la educación moderna en China, mi labor educativa llegó a su fin.
De los supervivientes de aquellos estudiantes de 1872, unos pocos, a base de dura y persistente laboriosidad, han logrado por fin destacar para