Mis años de universidad
Antes de entrar en Yale, no había resuelto el problema de cómo lograría cursar mis estudios universitarios sin un respaldo financiero de carácter definido y bien asegurado.
Era fácil hablar de obtener una educación trabajando para pagarla, y hay en ello una especie de romanticismo que cautiva la imaginación, pero es algo completamente distinto afrontarlo de una manera empresarial y práctica. Así resultó ser para me, una vez que hube metido la pata.
No tenía a nadie excepto a Brown, que ya había hecho tanto por mí al traerme a este país, y a Hammond, que me preparó para la universidad. A ellos recurrí en busca de consejo y orientación.
Se me aconsejó que recurriera al fondo para imprevistos destinado a estudiantes indigentes. Estaba en manos de los patronos de la academia y tan bien custodiado que no se podía apropiar de él sin que el beneficiario firmara un compromiso por escrito de que estudiaría para el ministerio y luego se convertiría en misionero.
Siendo este el caso, tomé la decisión de que me sería totalmente inútil solicitar el fondo.
Sin embargo, se fijó un día para que me reuniera con los administradores en la casa parroquial, para hablar sobre el tema. Dijeron que estarían encantados de que yo me beneficiara del fondo, siempre y cuando estuviera dispuesto a firmar el compromiso de que, tras graduarme, regresaría a China como misionero.