estado cerca del escenario de su batalla y había estado en comunicación con los rebeldes, y acaso quería, bajo una amable invitación, atraparme y cortarme la cabeza?
Pero Chang, su secretario, era un viejo amigo de muchos años. Conocía bien su carácter; no era probable que hiciera de pelele para que me capturaran. Así, reflexionando de una suposición a otra, decidí no aceptar la invitación hasta saber más sobre el propósito del gran hombre al mandarme llamar.
En respuesta a la carta, escribí y dije que agradecía a Su Excelencia su gran condescendencia y que consideraba un gran privilegio y honor haber sido invitado de tal manera, pero que, debido a que la temporada del té había comenzado (lo cual era en febrero), me veía obligado a atender los pedidos de empaque de té que llegaban rápidamente; pero que, tan pronto como me librara de ellos, me las arreglaría para ir a presentar mis respetos a Su Excelencia.
Dos meses después de recibir la primera carta, llegó una segunda instándome a ir a Ngan Khing lo antes posible. Esta segunda carta incluía una esquela escrita por Li Sien Lan, el distinguido matemático chino, a quien también había conocido durante mi estancia en Shanghái. Él era el hombre que ayudó al señor Wiley, un misionero de la Junta de Misiones de Londres, en la traducción de varias obras matemáticas al chino, entre las cuales estaba el Cálculo Integral y Diferencial, sobre el cual recuerdo muy bien haber «fracasado estrepitosamente» en mi segundo año de universidad; y, a este respecto, bien podría confesar francamente que en mi temperamento las matemáticas brillaban por su ausencia. El señor Li Sien Lan era también astrónomo. En su carta, decía que le había contado al virrey Tsang Kwoh Fan quién era yo y que había recibido educación extranjera; cómo había recaudado una generosa suscripción para ayudar a los refugiados de la hambruna en 1857;