CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/My Life in China and AmericaPublic
Página 176 de 219
Table of Contents

XX. Viaje a Pekín y muerte de mi mujer

Pero dijo que en el fondo era partidario de que se les retuviera en los Estados Unidos para continuar sus estudios, y que yo debería haberlos retenido. En respuesta le pregunté cómo se suponía que iba a leer su corazón a una distancia de 45.000 lis, especialmente cuando era bien sabido que Su Excelencia había dicho que bien podían ser llamados de vuelta.

Si Su Excelencia me hubiera escrito de antemano para no disolver la Misión bajo ningún concepto, entonces habría sabido qué hacer; tal como estaban las cosas, no podría haber hecho otra cosa que ver que se cumpliera el decreto.

«Bueno —dijo, en un tono algo enfadado y exaltado—, conozco al autor de esta gran fechoría».

Woo Tsze Tung se encontraba casualmente en Tientsin en ese momento. Acababa de estar en Pekín y me había mandado recado rogándome que fuera a visitarlo. Por cortesía, fui a verlo. Me contó que no lo habían recibido bien en Pekín, y que el virrey Li se mostraba resentido con él cuando lo había visitado y se había negado a recibirlo una segunda vez. Tenía un aspecto preocupado y abatido. Nunca más se supo de él después de nuestra última entrevista.

A mi llegada a Pekín, uno de mis primeros deberes fue hacer mi ronda de visitas oficiales a los principales dignatarios del gobierno: los príncipes Kung y Ching y los presidentes de las seis juntas. Tardé casi un mes en terminar estas visitas oficiales. Se puede decir que Pekín es una ciudad de grandes distancias, y los altos funcionarios viven bastante lejos unos de otros. Los únicos medios de transporte que se utilizaban para ir de un lugar a otro eran los carros de mulas. Eran vehículos pesados y torpes, con un eje que atravesaba justo por debajo de la carrocería —que hacía las veces de coche—, sin ballestas para amortiguar los baches, y con dos pesadas ruedas, una en cada extremo del eje. Eran carruajes lentos y, con

176