En el verano de 1855, fijé mi residencia en Cantón, con el reverendo Sr. Vrooman, un misionero dependiente de la Junta Americana. Su residencia principal estaba en Ham Ha Lan, en las inmediaciones del campo de ejecución gubernamental, situado en las afueras del suroeste de la ciudad, cerca de la orilla del río de las Perlas.
Estando allí, comencé mis estudios de chino y a recuperar el dialecto de Cantón, que había olvidado durante mi estancia en los Estados Unidos. En menos de seis meses, el idioma volvió a serme familiar con facilidad, aunque todavía estaba un poco mohíso en él. También avanzaba lentamente en la recuperación de la lengua escrita, en la que no tenía una buena base antes de salir de China, en 1846.
Solo la había estudiado durante cuatro años, lo cual se consideraba poco tiempo para dominar la lengua escrita. Hay una diferencia mayor entre la lengua escrita y la hablada en China que la que existe entre el inglés escrito y el hablado. El idioma escrito chino es afectado y está lleno de formas convencionales. Se entiende en todo el imperio, pero se pronuncia de manera diferente en distintas provincias y localidades.
El idioma hablado está fragmentado en infinitos dialectos y, en ciertas provincias como Fuhkien, Anhui y Kiangsu, la gente es como extranjera entre sí en lo que a dialectos se refiere. Tales son las características peculiares de los idiomas ideográfico y hablado de China.
Durante los seis meses de mi residencia en Cantón, mientras intentaba recuperar tanto la lengua escrita como la hablada, la provincia de Kwang Tung se sumió en un estado algo desorganizado. La gente de Cantón intentó levantar una insurrección o rebelión provincial totalmente distinta de la rebelión Taiping que se estaba llevando a cabo en el interior de China con marcado éxito. Para reprimirla y sofocarla en el gèrmen, el virrey Yeh Ming Hsin recurrió a medidas drásticas y, en el verano de 1855, decapitó a setenta y cinco personas, la mayoría de las cuales, según me dijeron, eran inocentes.