Woo Tsze Tung asumió el cargo de comisario en el otoño de 1876. Tan pronto como estuvo en el cargo, comenzó a poner pegas a todo lo que se había hecho. En lugar de presentarme esas quejas, inició clandestinamente una corriente de tergiversaciones hacia Pekín acerca de los estudiantes; cómo habían sido mal administrados; cómo habían sido consentidos y mimados por el comisario Yung; cómo se les había permitido disfrutar de más privilegios de los que les convenía; cómo imitaban a los estudiantes estadounidenses en los deportes; que jugaban más de lo que estudiaban; que se organizaban en sociedades secretas, tanto religiosas como políticas; que ignoraban a sus profesores y no querían escuchar los consejos del nuevo comisario; que, si se les permitía seguir haciendo su voluntad, pronto perderían el amor por su propio país y, a su regreso a China, no servirían para nada o serían peor que inútiles; que la mayoría de ellos iba a la iglesia, asistía a las escuelas dominicales y se había vuelto cristiana; que cuanto antes se disolviera esta empresa educativa y se llamara a todos los estudiantes de vuelta, mejor sería para China, etcétera, etcétera.
Tales tergiversaciones maliciosas y otras falsedades de las que no sabíamos nada, se mantuvieron en un flujo continuo año tras año por parte de Woo Tsze Tung ante sus amigos en Pekín y ante el virrey Li Hung Chang. El virrey llamó mi atención sobre las acusaciones de Woo. Le contesté por carta que eran invenciones maliciosas de un hombre a quien se conocía por haber sido un excéntrico toda su vida; que era un grave error poner en un puesto de responsabilidad a semejante hombre que no había hecho nada por sí mismo ni por los demás en su vida; que solo estaba intentando destruir la obra de Tsang Kwoh Fan quien, al proyectar y apadrinar la misión educativa, tenía en el corazón los más altos intereses de China; mientras que a Woo se le debería haber relegado a una celda en un manicomio o a una institución para imbeciles.
Dije además que Chin Lan Pin, quien había recomendado a Woo ante Su Excelencia como comisario de Educación China, era un hombre tímido por naturaleza y temblaba ante la vista de la más mínima responsabilidad.