inundación del río Amarillo, que había convertido la parte norte de la provincia de Kiangsu en un mar y había dejado sin hogar y en la miseria a miles de personas de esa localidad. Un gran grupo de refugiados había deambulado y se había aglomerado cerca de Shanghái. Una delegación china, compuesta por los principales comerciantes y miembros de la alta sociedad, que me conocían o habían oído hablar de mí, vino a verme y me pidió que redactara una circular apelando a la comunidad extranjera en busca de ayuda y contribuciones para aliviar el sufrimiento generalizado entre los refugiados. Varios ejemplares fueron puestos en circulación inmediatamente y, en menos de una semana, se suscribieron y pagaron nada menos que 20.000 dólares. El Comité chino estaba sumamente exultante por su éxito y su alegría no tenía límites. Para poner el broche de oro a esta operación comercial, escribí en nombre del comité una carta de reconocimiento y agradecimiento a la comunidad extranjera por la rápida y generosa contribución que había hecho. Esta se publicó en los periódicos locales de Shanghái —The Shanghai Mail y Friend of China—, de modo que, a los tres meses de haber iniciado mi negocio de traducción, ya era ampliamente conocido entre los chinos como el estudiante chino educado en América.
Le debía a Tsang Kee Foo, el comprador, el estar en esta línea de negocio y el hecho de que empezara a ser conocido en Shanghái. Era un chino culto, un hombre muy respetado y de fiar por su probidad e inteligencia. Su larga vinculación con la empresa y su gusto literario habían reunido a su alrededor a algunos de los más distinguidos eruditos chinos de todas partes del país, mientras que sus transacciones comerciales lo ponían en contacto con los principales capitalistas y hombres de negocios chinos en Shanghái y en otros lugares. Fue a través de él como se redactaron tanto el epitafio como la circular mencionados anteriormente; y fue Tsang Kee Foo quien me presentó al célebre matemático chino Li Jen Shu, quien años más tarde me hizo llegar a los oídos del virrey Tsang Kwoh Fan —el distinguido general y hombre de estado que, como se verá más adelante, adoptó y promovió el Proyecto de Educación China—.