Entre los intérpretes que llevaban muchos años en el servicio y los transportistas chinos existía un sistema regular de sobornos. Tras enterarme de esto, y al no desear verme implicado con los demás en el reparto del botín de ninguna manera o forma, tomé la decisión de renunciar.
Así que un día fui a ver al comisario jefe de Aduanas, ostensiblemente para averiguar cuáles eran mis perspectivas de futuro en relación con el Servicio de Aduanas —si había o no alguna perspectiva de que me ascendieran al puesto de comisario—. Me dijeron que no se me ofrecían tales perspectivas ni a mí ni a ningún otro intérprete chino. Por lo tanto, decidí de inmediato abandonar mi puesto. Así que presenté mi dimisión, que al principio no fue aceptada.
Pocos días después de mi primera entrevista, Lay, el comisario jefe, se esforzó denonadamente por persuadirme de que cambiara de opinión y me ofreció como incentivo elevar mi sueldo a 200 taeles al mes, pensando claramente que solo estaba faroleando para conseguir un salario más alto.
No se le pasó por la cabeza que había al menos un chino que valoraba una reputación limpia y un carácter honesto por encima del dinero; que, siendo un hombre educado, no veía razón por la cual no debían darme las mismas oportunidades de ascender en el servicio del gobierno chino que a un inglés, ni por qué mi individualidad no debía ser reconocida y respetada en todos los ámbitos de la vida.
Poco se imaginaba que yo tenía aspiraciones aún más altas que las suyas, y que no me importaba asociarme con una panda de intérpretes e inspectores de aduanas de quienes se sabía que aceptaban sobornos; que un hombre que espera que los demás lo respeten, debe respetarse primero a sí mismo.
Tales fueron mis motivaciones. No revelé la verdadera causa de mi abandono del servicio, pero al cabo de cuatro meses de prueba dejé el servicio para probar fortuna en nuevos campos más afines.