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VII. El caso de la dama desaparecida

se inmutó. El intérprete volvió a dejar el instrumento.

—Unos cuantos acordes de Mosgovskensky —murmuró—. Déjeme su dirección, señor Stavansson, y le informaré sobre los avances.

Cuando el visitante salió del despacho, Tuppence cogió el violín y, guardándolo en el armario, dio la vuelta a la llave en la cerradura.

“Si te has empeñado en ser Sherlock Holmes —observó ella—, te conseguiré una jeringuilla la mar de mona y un frasco con la etiqueta «Cocaína», pero, por el amor de Dios, deja en paz ese violín. Si ese buen hombre, el explorador, no hubiera sido tan inocente como un niño, te habría descubierto el pastel. ¿Vas a seguir con la tontería de Sherlock Holmes?”

—Me alabo a

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