llevaron a cabo varios experimentos más, con un éxito mediocre.
—Pero llegará —declaró Tommy—. Uno no puede pretender ser infalible de inmediato. Te diré algo. Es la hora de almorzar. Tú y yo iremos al Blitz, Tuppence. Un ciego y su lazarillo. Se pueden recoger algunos consejos muy útiles por allí.
—Te digo, Tommy, que nos vamos a meter en líos.
—No, no lo haremos. Yo me portaré como todo un caballito. Pero apuesto a que para el final del almuerzo te estaré dejando con la boca abierta.
Eliminadas así todas las protestas, un cuarto de hora más tarde Tommy y Tuppence se hallaban plácidamente instalados en una mesa del rincón en el Salón Dorado del Blitz.
Tommy pasó los dedos ligeramente por el Menú.
—Pilaff de homard y pollo a la parrilla para mí —murmuró.
Tuppence también hizo su elección, y el camarero se alejó.
—Hasta aquí, todo bien —dijo Tommy—. Ahora vamos con una empresa más ambiciosa. Qué piernas tan hermosas tiene esa chica de la falda corta, la que acaba de entrar.
—¿Cómo se hizo eso, Thorn?
«Las piernas hermosas comunican una vibración particular al suelo que es recogida por mi bastón hueco. O, para ser honesto, en un gran restaurante casi siempre hay una chica con piernas hermosas parada en la entrada esperando a sus amigas, y con faldas cortas por ahí, seguro que