tragamos su cuento por el momento. Pero cuando uno se ponía a pensarlo —con orden y método— era imposible drogar a una chica, vestirla con ropa de chico, amordazar y atar a otra mujer, y cambiar el propio aspecto, todo en cinco minutos. Sencillamente una imposibilidad física. La enfermera del hospital y el chico debían ser un anzuelo. Íbamos a seguir esa pista, y la señora Van Snyder iba a ser una víctima compadecida. ¿Quiere ayudar a la señora a bajarse de la cama, Evans? ¿Tiene su automática? Bien.
Protestando a gritos, la señora Van Snyder fue sacada a rastras de su lugar de reposo. Tommy arrancó las cubiertas y el almohadón.
Allí, tendida horizontalmente sobre la parte superior de la cama, estaba Tuppence, con los ojos cerrados y el rostro cetrino.
Por un momento, Tommy sintió un terror repentino, pero luego vio el leve ascenso y descenso de su pecho. Estaba drogada, no muerta.
Se volvió hacia Albert y Evans.
—Y ahora, Messieurs —dijo dramáticamente—. ¡El golpe final!
Con un gesto rápido e inesperado, agarró a la señora Van Snyder por su peinado minuciosamente arreglado. Este se le quedó en la mano.
—Como pensaba —dijo Tommy—. ¡El número 16!
Unos treinta minutos más tarde, Tuppence abrió los ojos y vio a un médico y a Tommy inclinados sobre ella.
Sobre los acontecimientos del cuarto de hora siguiente es mejor correr un