“Bueno, eso es lo que pensé que averiguaríamos”.
—No me extrañaría que tuvieras razón, Tuppence —dijo Tommy con magnanimidad—. Pero no termino de ver por qué quieres meterte en los asuntos amorosos de los demás.
—No voy a entrometerme. Lo que propongo es un experimento interesante en el trabajo de investigación. Necesitamos práctica.
—El negocio desde luego no marcha demasiado boyante —convino Tommy—. A pesar de todo, Tuppence, lo que a ti te apetece es ir al baile de las Tres Artes y bailar. Y hablas de despistes.
Tuppence se rio sin vergüenza.
“Portúlate bien, Tommy. Intenta olvidar que tienes treinta y dos años y que te ha salido una cana en la ceja izquierda”.
—Siempre he sido un blando en lo que a las mujeres respecta —murmuró su esposo—. ¿Tengo que hacer elridículo disfrazado?
“Por supuesto, pero eso déjamelo a mí. Tengo una idea fantástica”.
Tommy la miró con cierta aprehensión. Siempre desconfiaba profundamente de las brillantes ideas de Tuppence.
Cuando volvió al piso a la noche siguiente, Tuppence salió volando de su dormitorio para recibirlo.
—Ya ha llegado —anunció.
—¿Qué ha venido?
“El disfraz. Ven a verlo”.
Tommy la siguió. Extendido sobre la cama había un equipo completo de bombero con un casco brillante.