su plan original. Tuppence abrió el camino hacia donde había visto al jardinero poner la escalera. Entre los dos la llevaron hasta el lateral de la casa desde el que habían oído los gemidos. Todas las persianas de las habitaciones de la planta baja estaban bajadas, pero aquella ventana en particular del piso de arriba no tenía contraventanas.
Tommy arrimó la escalera lo más silenciosamente posible contra la pared de la casa.
“Subiré yo”, susurró Tuppence. “Quédate abajo. No me importa subir por las escaleras de mano y tú puedes sostenerla mejor que yo. Y, en caso de que el médico aparezca por la esquina, tú podrías vérselas con él y yo no”.
Con agilidad, Tuppence trepó