hombro y una voz a la altura de la mano tronó con palabras de saludo.
“¡Válgame Dios, si es él! ¡El viejo Tommy! Y la señora Tommy también. ¿De dónde habéis aparecido? No he visto ni oído nada de vosotros en años”.
—¡Vaya, si es Bulger! —dijo Tommy, dejando lo que quedaba del cóctel y volviéndose para mirar al intruso, un hombre alto y de hombros cuadrados, de unos treinta años, con la cara redonda, roja y radiante, vestido con ropa de golf—. ¡El viejo y querido Bulger!
—Pero te digo, viejo —dijo Bulger (cuyo verdadero nombre, por cierto, era Mervyn Estcourt)—, nunca supe que te habías ordenado. Quién iba a decir que eras un maldito reverendo.
Tuppence soltó una carcajada, y Tommy se vio avergonzado. Y de pronto cobraron conciencia de una cuarta persona.
Una criatura alta y esbelta, de cabello muy dorado y ojos azules muy redondos, casi imposible de bella, con un efecto de negro carísimo rematado por armiños maravillosos, y unos pendientes de perlas muy grandes.
Sonreía. Y su sonrisa decía muchas cosas. Afirmaba, por ejemplo, que sabía perfectamente que ella misma era lo que más valía la pena mirar, ciertamente en Inglaterra, y posiblemente en el mundo entero. No era vanidosa al respecto en absoluto, sino que simplemente sabía, con certeza y seguridad, que así era.
Tanto Tommy como Tuppence la reconocieron al instante. La habían visto tres veces en El secreto del corazón, y otras tantas en aquel otro gran éxito, Columnas de fuego, así como en innumerables obras más. No había, tal vez, ninguna otra actriz en Inglaterra que tuviera un arraigo tan firme en el público británico como la señorita Gilda Glen. Se decía que era la