algunas preguntas.
“¿Había venido alguien a la casa esa tarde preguntando por la señorita Glen? Absolutamente nadie.
¿Había subido ella misma al piso de arriba en toda la noche? Sí, había subido a las seis como de costumbre para correr las cortinas—o quizás habrían pasado unos minutos de las seis. En cualquier caso, fue justo antes de que ese tipo salvaje viniera a romper el llamador a golpes. Había bajado corriendo a abrir la puerta. ¡Y él siendo un asesino sin entrañas todo el tiempo!”.
Tommy lo dejó estar. Pero aún sentía una curiosa lástima por Reilly, una renuencia a creer lo peor de él. Y, sin embargo, no había nadie más que pudiera haber asesinado a Gilda Glen. La señora Honeycott y Ellen habían sido las únicas dos personas en la casa.
Oyó voces en el pasillo y salió para encontrarse con Tuppence y con el policía de la ronda exterior.
Este último había sacado una libreta y un lápiz bastante romo que se lamió disimuladamente. Subió las plantas y examinó a la víctima con total estoicismo, limitándose a comentar que, si tocaba algo, el inspector le armaría un buen lío.
Escuchó todas las histerias y explicaciones confusas de la señora Honeycott, y de vez en cuando anotaba algo. Su presencia resultaba calmante y tranquilizadora.
Tommy por fin lo atrapó a solas un minuto o dos en los escalones de afuera, antes de que este partiera a telefonear a la central.
—Mire usted —dijo Tommy—. Vio a la difunta entrar por la cancela, según dice. ¿Está seguro de que iba sola?
“Oh, ella estaba sola, de eso no hay duda. Nadie con ella”.