avanzaron hacia la puerta de la suite. Se abrió sin hacer ruido cuando el primer hombre introdujo su llave.
Se encontraron en un pequeño recibidor. A la derecha estaba la puerta abierta de un baño, y enfrente tenían la sala de estar. A la izquierda había una puerta cerrada y tras ella se oía un sonido tenue, más bien parecido al de un carlino asmático. El señor Carter empujó la puerta y entró.
La habitación era un dormitorio, con una gran cama de matrimonio cubierta primorosamente con una colcha de color rosa y oro. En ella, atada de pies y manos, con la boca tapada por una mordaza y los ojos casi saliéndose de las órbitas a causa del dolor y la furia, se encontraba una mujer de mediana edad vestida a la moda.
Por una breve orden del señor Carter, los demás hombres habían registrado toda la suite. Solo Tommy y su jefe habían entrado en el dormitorio.
Mientras se inclinaba sobre la cama y se esforzaba por deshacer los nudos, los ojos de Carter recorrían la habitación con perplejidad. A excepción de una inmensa cantidad de equipaje genuinamente estadounidense, la habitación estaba vacía. No había rastro del ruso ni de Tuppence.
En otro minuto el camarero entró apresuradamente y comunicó que las demás habitaciones también estaban vacías. Tommy fue a la ventana, solo para retroceder y negar con la cabeza.