Esa era su fotografía, sin duda. Una jovencita muy agradable, muy alegre y habladora. Le había contado mucho sobre Australia y los canguros.
La joven tocó el timbre hacia las nueve y media y pidió que le llenaran la botella y se la pusieran en la cama, y que la llamaran también a la mañana siguiente a las siete y media, con café en lugar de té.
—¿De veras la llamaste y estaba en la cama? —preguntó Tuppence.
La camarera la quedó mirando.
—Pues sí, señora, por supuesto.
—Oh, solo me preguntaba si estaba haciendo gimnasia o algo así —dijo Tuppence, a la desbandada—. Mucha gente lo hace a primera hora de la mañana.