dado. Al menos una cuarta parte de ellos eran falsificados.
Pero ¿de dónde conseguía las provisiones? A eso aún no tenía respuesta. Con la colaboración de Albert, estaba casi seguro de que Laidlaw no era el hombre. Sus movimientos habían sido vigilados de cerca y no habían arrojado ningún resultado.
Tommy sospechaba de su padre, el saturnino M. Heroulade. Iba y venía a Francia bastante a menudo. ¿Qué podía haber más sencillo que traer los billetes consigo? Un doble fondo en un baúl: algo por el estilo.
Tommy salió lentamente del Club, absorto en estos pensamientos, pero de pronto volvió a la realidad de las necesidades inmediatas. Afuera, en la calle, estaba el señor Hank P. Ryder, y enseguida quedó claro que el señor Ryder no estaba del todo sobrio. En ese momento intentaba colgar su sombrero en el radiador de un coche, errando por varias pulgadas cada vez.