Las botas del embajador
—Querido amigo, querido amigo —dijo Tuppence y agitó un bollito untado con abundante mantequilla.
Tommy la miró durante uno o dos minutos, luego una amplia sonrisa se dibujó en su rostro ymurmuró:
“Tenemos que tener muchísimo cuidado”.
—Así es —dijo Tuppence encantada—. Lo adivinó. Yo soy el famoso doctor Fortune y usted es el superintendente Bell.
“¿Por qué estás siendo Reginald Fortune?”
—Pues la verdad porque me siento como un montón de mantequilla derretida.
—Ese es el lado agradable —dijo Tommy—. Pero hay otro. Tendrás que examinar caras horriblemente destrozadas y cadáveres muy, muy muertos durante bastante tiempo.
En respuesta, Tuppence le arrojó una carta. Las cejas de Tommy se alzaron