—Ha sido un día maldito y aburrido —dijo Tommy, y bostezó ampliamente.
«Casi a la hora del té», dijo Tuppence y también bostezó.
El negocio no marchaba boyante en la Agencia Internacional de Detectives. La carta que tanto esperaban del mercader de jamones no había llegado y los casos auténticos brillaban por su ausencia.
Albert, el empleado de la oficina, entró con un paquete sellado que dejó sobre la mesa.
—El misterio del paquete sellado —murmuró Tommy—. ¿Contenía las fabulosas perlas de la gran duquesa rusa? ¿O era una máquina infernal destinada a hacer volar en pedazos a los Detectives Brillantes de Blunt?
—A decir verdad —dijo Tuppence, abriendo el paquete de un tirón—, es mi regalo de bodas para Francis Haviland. ¿A que es bastante bonito?
Tommy tomó una delgada cigarrera de plata de su mano extendida, observó la inscripción grabada con su propia letra: Francis de Tuppence, abrió y cerró la cigarrera, y asintió con aprobación.
—Desde luego, tiras el dinero a manos llenas, Tuppence —comentó—. Me pediré uno igual, pero de oro, para mi cumpleaños el mes que viene. ¡Imagínate desperdiciar una cosa así en Francis Haviland, que siempre ha sido y será uno de los mayores idiotas que ha parido la madre naturaleza!
“Olvidas que yo solía llevarle de un lado para otro durante la guerra, cuando era general. ¡Ah! Esos sí que eran buenos tiempos”.