—¿La historia de siempre, supongo? Uno rico, otro pobre, ¡y el pobre es el que te gusta!
—No sé cómo sabes todas estas cosas —murmuró la muchacha.
—Eso es una especie de ley de la naturaleza —explicó Tuppence—. Le pasa a todo el mundo. A mí también me pasa.
“Verá, aun si vendo la casa, no nos dará lo suficiente para vivir. Gerald es un encanto, pero es desesperadamente pobre —aunque es un ingeniero muy capaz y, si tan solo tuviera un poco de capital, su empresa lo aceptaría como socio—. El otro, el señor Partridge, es un hombre muy bueno, estoy segura, y adinerado, y si me casara con él sería el fin de todos nuestros problemas. Pero... pero...”
—Ya lo sé —dijo Tuppence con simpatía—. No es lo