Un mechón de cabello rubio atrapado entre los dedos del muerto y unos cuantos hilos de lana color fuego enganchados en uno de los botones de su abrigo azul. Las diligentes pesquisas en la estación de ferrocarril y en otros lugares habían arrojado los siguientes datos.
“Una jovencita vestida con un abrigo y una falda color llama había llegado en el tren esa tarde hacia las siete, y había preguntado el camino a la casa del capitán Sessle.
La misma muchacha había vuelto a aparecer en la estación, dos horas más tarde. Llevaba el sombrero torcido y el cabello desgreñado, y parecía en un estado de gran agitación. Preguntó por los trenes de regreso a la ciudad, y miraba continuamente por encima del hombro como si temiera algo.
“Nuestra policía es en muchos aspectos muy maravillosa. Con tan escasas pruebas de antemano, se las arreglaron para localizar a la muchacha e identificarla como cierta Doris Evans. Fue acusada de asesinato y advertida de que cualquier cosa que dijera sería usada en su contra, pero aun así persistió en hacer una declaración, y esta declaración la repitió nuevamente en detalle, sin ninguna variación sustancial, en las diligencias posteriores.
“Su historia era esta. Era mecanógrafa de profesión y había hecho amistad una tarde, en un cine, con un hombre bien vestido que le declaró que se había caprichado de ella. Su nombre, le dijo, era Anthony, y le sugirió que fuera a su bungalow en Sunningdale. Ella no tenía idea entonces, ni en ningún otro momento, de que él tuviera esposa. Acordaron entre ambos que ella iría el miércoles siguiente —el día, recordarán ustedes, en que los sirvientes estarían ausentes y su esposa fuera de casa—. Al final él le dijo que su nombre completo era Anthony Sessle y le dio el nombre de su casa.