Riendo, sacó un trozo de tiza blanca del bolsillo e hizo una cruz tosca en la parte baja de la puerta. Luego alzó la vista hacia varias formas oscuras que merodeaban por lo alto de los muros del callejón, una de las cuales lanzaba un maullido espeluznante.
—Hay muchos gatos por aquí —comentó alegremente.
—¿Cuál es el procedimiento? —preguntó el señor Ryder—. ¿Pasamos adentro?
—Tomando las debidas precauciones, sí lo hacemos —dijo Tommy.
Miró hacia arriba y hacia abajo por el callejón, y luego probó la puerta con suavidad. Cedió. La empujó y se asomó a un patio sombrío.
Sin hacer ruido pasó, con el señor Ryder pisándole los talones.
—¡Vaya! —dijo este último—. Hay alguien que viene por el callejón.
Volvió a salir sigilosamente.
Tommy se quedó quieto un minuto y, al no oír nada, siguió adelante. Sacó una linterna del bolsillo y encendió la luz durante un breve segundo. Aquel destello momentáneo le permitió ver el camino por delante.
Avanzó con decisión y probó la puerta cerrada que tenía enfrente. Aquella también cedió, y con mucha suavidad la empujó para abrirla y entró.
Después de quedarse quieto un segundo y escuchar, volvió a encender la linterna, y a aquel destello, como a una señal convenida, el lugar pareció alzarse a su alrededor.
Dos hombres estaban frente a él, dos hombres estaban a su espalda. Se le cerraron encima y lo derribaron.