Monica se fue a la cocina. Regresó con la anciana criada que les había abierto la puerta antes.
—Estamos pensando en comprar esta casa —dijo Tommy amablemente—, y a mi mujer le gustaría saber si, en ese caso, le apetecería seguir con nosotros.
El rostro respetable de Crockett no mostró ninguna clase de emoción.
—Gracias, señor —dijio ella—. Me gustaría pensarlo, si me es posible.
Tommy se volvió hacia Mónica.
“Estoy encantado con la casa, señorita Deane. Entiendo que hay otro comprador en el mercado. Sé lo que ha ofrecido por la casa, y voluntariamente daré cien más. Y créame, es un buen precio el que estoy ofreciendo”.
Mónica murmuró algo evasivo, y los Beresford se despidieron.
—Tenía razón —dijo Tommy mientras bajaban por la entrada de vehículos—. Crockett está metida en el ajo. ¿Te fijaste en que le faltaba el aliento? Eso era por bajar corriendo las escaleras de servicio después de romper la jofaina y el jarro. Es muy probable que a veces haya dejado entrar a su sobrino en secreto, y este haya estado haciendo de poltergeist, o como quieras llamarlo, mientras ella estaba inocentemente con la familia. Ya verás, el doctor O’Neill hará otra oferta antes de que acabe el día.
Es bien verdad que, después de cenar, trajeron una nota. Era de Mónica.
“Acabo de saber del Dr. O’Neill. Aumenta su oferta anterior en 150 libras”.
—El sobrino debe de ser un hombre de posición —dijo Tommy pensativo—. Y te diré una cosa, Tuppence: el botín que anda buscando bien debe de valer la pena.