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VIII. La gallina ciega

entregó a Tuppence, quien leyó en voz baja—: «El duque de Blairgowrie».

Ella miró con gran interés a su cliente. El duque de Blairgowrie era bien conocido por ser un noble altanero e inaccesible que se había casado con la hija de un carnicero de cerdos de Chicago, mucho más joven que él y de un temperamento vivo que auguraba un mal futuro para ambos. Últimamente había habido rumores de discordia.

—¿Vendrá usted inmediatamente, mister Blunt? —dijo el duque, con un tinte de acerbidad en sus modales.

Tommy se rindió ante lo inevitable.

—La señorita Ganges y yo iremos con usted —dijo en voz baja—. ¿Me disculpa que me detenga un momento a tomar una gran taza de café negro? Me lo servirán de inmediato. Padezco dolores de cabeza muy molestos, consecuencia de mi problema en los ojos, y el café me calma los nervios.

Llamó a un camarero y dio la orden. Luego le habló a Tuppence.

—Señorita Ganges: mañana almorzaré aquí con el prefecto de policía francés. Anote el almuerzo y entrégueselo al maître con instrucciones de reservarme mi mesa habitual. Estoy ayudando a la policía francesa en un caso importante. Los honorarios —hizo una pausa— son considerables. ¿Está lista, señorita Ganges?

—Bastante lista —dijo Tuppence, con la estilográfica en alto.

“Empezaremos con esa ensalada especial de gambas que tienen aquí. Luego para seguir —a ver,

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