Tommy creó una distracción pidiendo una entrevista con la señora Betts. Cuando la señora Kingston Bruce se hubo marchado en compañía de su esposo e hija para buscar a la señora Betts, él silbó pensativo.
—Me pregunto —dijo con suavidad—, ¿quién sería la que llevaba una cucharita de té en el manguito?
—Justo lo que estaba pensando —respondió Tuppence.
La señora Betts, seguida por su marido, irrumpió en la habitación. Era una mujer grande y de voz resuelta. El señor Hamilton Betts parecía dispéptico y apocado.
—Comprendo, señor Blunt, que es usted un investigador privado y alguien que resuelve los asuntos a gran velocidad, ¿no es así?
—A la fuerza —dijo Tommy—, es mi segundo nombre, señora Betts. Permítame hacerle algunas preguntas.
A partir de entonces los acontecimientos se sucedieron con rapidez. A Tommy le mostraron el colgante dañado, la mesa sobre la que había estado, y el señor Betts salió de su taciturnidad para mencionar el valor, en dólares, de la perla robada.
Y, al mismo tiempo, Tommy sentía la irritante certeza de que no estaba avanzando.
—Creo que con eso bastará —dijo al fin—. Señorita Robinson, ¿sería tan amable de traer el aparato fotográfico especial del vestíbulo?
La señorita Robinson accedió.
—Un pequeño invento mío —dijo Tommy—. En apariencia, como ves, es exactamente igual que una cámara ordinaria.
Experimentó una