saca de quicio. No hay en él nada que justifique molestar a Scotland Yard; no he perdido ni un centavo de ninguna manera, y probablemente todo se deba a un simple error. Pero, aun así, no veo exactamente cómo pudo surgir ese error. No hay nada criminal en ello, me atrevería a decir, pero me gustaría aclarar las cosas. Me vuelve loco no ver el porqué y el dónde de un
—Absolutamente —dijo Tommy.
El señor Wilmott continuó. Era lento y propenso a dar muchos detalles. Por fin Tommy logró meter baza.
—Así es —dijo—, la situación es la siguiente. Llegó usted en el transatlántico Nomadic hace una semana. De algún modo, su bolsa de viaje y la bolsa de viaje de otro caballero, el señor Ralph Westerham, cuyas iniciales son las mismas que las de usted, se intercambiaron. Usted se llevó la bolsa del señor Westerham, y él se llevó la suya. El señor Westerham descubrió el error inmediatamente, mandó su bolsa a la Embajada y se llevó la propia. ¿Voy bien hasta ahora?
—Eso es exactamente lo que ocurrió. Las dos maletas debían de ser prácticamente idénticas, y al coincidir las iniciales R. W. en ambos casos, no es difícil comprender que se haya podido cometer un error. Yo mismo no fui consciente de lo que había sucedido hasta que mi ayuda de cámara me informó de la