ligera satisfacción al ver que los Betts estaban impresionados.
Fotografió el colgante, la mesa sobre la que había estado y tomó varias vistas generales del apartamento.
Luego se delegó en la «señorita Robinson» la tarea de entrevistar a los criados y, ante la ávida expectación en los rostros del coronel Kingston Bruce y la señora Betts, Tommy se sintió obligado a decir unas palabras con autoridad.
“La situación se reduce a esto —dijo—: O la perla sigue todavía en la casa, o ya no sigue en la casa”.
—Exacto —dijo el coronel con más respeto del que, tal vez, estaba del todo justificado por la naturaleza del comentario.
«Si no está en la casa, puede estar en cualquier parte; pero si está en la casa, necesariamente ha de estar oculto en alguna parte…»
—Y hay que hacer un registro —interrumpió el coronel Kingston Bruce—. Desde luego. Le doy vía libre, señor Blunt. Registre la casa desde el desván hasta el sótano.
—¡Ay!, Charles —murmuró la señora Kingston Bruce con lágrimas en los ojos—. ¿Crees que eso es prudente? A los sirvientes no les va a gustar. Estoy segura de que se irán.
“Buscaremos en sus habitaciones al final —dijo Tommy con tono tranquilizador—. El ladrón seguro que ha escondido la gema en el lugar más inverosímil”.
—Me parece haber leído algo al respecto