me he comprado una cámara muy buena, y fotografiaré huellas y ampliaré los negativos y toda esa clase de cosas. Ahora, mon ami, usa tus pequeñas células grises... ¿qué te sugiere esto?
Señaló el estante inferior del armario. En él descansaban una bata de estar de aspecto algo futurista, una zapatilla turca y un violín.
—Obvio, querido Watson —dijo Tuppence.
—Exacto —dijo Tommy—. El toque a lo Sherlock Holmes.
Cogió el violino y pasó el arco ociosamente por las cuerdas, provocando que Tuppence lanzara un alarido de agonía.
En ese momento sonó el timbre del escritorio, señal de que había llegado un cliente al despacho exterior y Albert, el chico de la oficina, lo estaba entreteniendo.
Tommy volvió a colocar apresuradamente el violín en el armario y metió los libros a patadas detrás del escritorio.
—No es que haya una prisa terrible —comentó—. Albert los entretendrá un rato diciéndoles por teléfono que estoy ocupado con Scotland Yard. Vete a tu despacho y ponte a escribir a máquina, Tuppence. Así parecerá que la oficina está concurrida y activa. No,, pensándolo mejor, estarás tomando notas en taquigrafía al dictado. Echemos un vistazo antes de decirle a Albert que haga pasar a la víctima.
Se acercaron a la mirilla, que había sido ingeniosamente ideada para dominar una vista del despacho exterior.
La clienta era