bastante sobrecalentadas de los dos observadores. Luego, a medida que la niebla retrocedía aún más, apareció una pequeña escena, como montada en un escenario.
El gran policía azul, un buzón escarlata y, a la derecha del camino, los contornos de una casa blanca.
—Rojo, blanco y azul —dijo Tommy—. Es malditas veces más pintoresco. Vamos, Tuppence, no hay nada que temer.
Pues, como ya había visto, el policía era un policía de verdad.
Y, además, no era ni con mucho tan gigantesco como le había parecido al principio, emergiendo de la niebla.
Pero al echar a andar, se oyeron pasos a sus espaldas. Un hombre los adelantó, caminando a prisa. Entró por la verja de la Casa Blanca, subió los escalones y dio unos golpes ensordecedores con el llamador. Lo dejaron entrar justo cuando ellos llegaban al lugar donde el policía estaba de pie, mirándolo irse.