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nydus/Journey to the Center of the EarthPublic
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XIV. Pero los árticos también pueden ser inhóspitos

El muro que confinaba el fiordo, como toda la costa de la península, estaba compuesto por una serie de columnas verticales de treinta pies de altura.

Estos fustes rectos, de proporciones armoniosas, sostenían un arquitrabe de losas horizontales, cuya parte saliente formaba un semiarco sobre el mar.

A intervalos, bajo este refugio natural, se extendían entradas abovedadas de hermosas curvas, contra las cuales las olas rompían con espuma y rociones.

Algunos fustes de basalto, arrancados de su base por la furia de las tempestades, yacían a lo largo del suelo como restos de un templo antiguo, en ruinas por siempre frescas, y sobre el cual los siglos pasaban sin dejar en ellos huella alguna de vejez.

Esta fue nuestra última etapa sobre la tierra. Hans había mostrado una gran inteligencia, y me consuelo un poco al pensar que entonces no iba a dejarnos.

Al llegar a la puerta de la casa del rector, que no era diferente de las otras, vi a un hombre errando un caballo, con el martillo en la mano y un delantal de cuero puesto.

“Sællvertu,” dijo el cazador.

“God dag,” dijo el herrero en buen danés.

—Kyrkoherde —dijo Hans, volviéndose hacia mi tío.

—El rector —repitió el profesor—. Parece, Axel, que este buen hombre es el rector.

Nuestro guía, entre tanto, estaba poniendo al kyrkoherde al corriente de la situación; cuando este último, suspendiendo sus labores por un

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