Un terrible grito de angustia brotó de mí. Sobre la tierra, en medio de la noche más oscura, la luz nunca abdica por completo de sus funciones. Es siempre sutil y difusiva, pero por poca que haya, el ojo siempre capta esa poca. Aquí no había un solo átomo; la oscuridad total me volvió totalmente ciego.
Entonces comencé a perder la cabeza. Me levanté con los brazos extendidos ante mí, intentando dolorosamente tantear el camino. Empecé a correr como un loco, apresurándome a través del laberinto inextricable, descendiendo todavía, corriendo aún por la sustancia de la gruesa corteza terrestre, un morador en lucha de las «fallas» geológicas, llorando, gritando, aullando, pronto magullado por el contacto con la roca dentada, cayendo y levantándome de nuevo ensangrentado, tratando de beber la sangre que cubría mi rostro, y esperando incluso que alguna roca me destrozara el cráneo.
Jamás sabré adónde me llevó mi alocada carrera. Tras el transcurso de unas horas, sin duda exhausto, caí como un guiñapo sin vida al pie del muro, y perdí por completo el conocimiento.