catástrofe. Le dábamos la espalda al viento para no ahogarnos con la rapidez de un movimiento que ninguna fuerza humana podía detener.
Pasaron las horas. Ningún cambio en nuestra situación; pero un descubrimiento vino a complicar las cosas y empeorarlas.
En el esfuerzo por poner nuestro cargamento en un orden algo mejor, descubrí que la mayor parte de los artículos embarcados habían desaparecido en el momento de la explosión, cuando el mar irrumpió con tanta violencia. Quería saber exactamente qué habíamos salvado, y con el farol en la mano comencé mi examen.
De nuestros instrumentos no se salvó ninguno salvo la brújula y el cronómetro; ¡nuestras reservas de cuerdas y escalas se reducían al trozo de cordel enrollado alrededor del tronco del mástil! Ni una pala, ni un pico, ni un martillo nos quedaban; y, ¡desastre irreparable!, solo nos quedaban provisiones para un día.
Busqué por todos los rincones y recovecos, por cada rendija y grieta de la balsa. No había