leguas a sotavento. Nada a la vista ante nosotros. Intensidad de luz invariable. Buen tiempo; es decir, nubes altas, ligeras, bañadas en una atmósfera blanca que asemeja plata en fusión. Term. 89° Fahr. Al mediodía, Hans preparó un anzuelo al extremo de un sedal. Lo cebó con un pequeño trozo de carne y lo lanzó al mar. Durante dos horas no picó nada. ¿Estarán, pues, estas aguas desprovistas de habitantes? No, hay un tirón en el sedal. Hans lo recoje y extrae un pez que se debate. —Un esturión —exclamé—, un pequeño esturión. El profesor examina atentamente al animal y su opinión difiere de la mía. La cabeza de este pez era chata, pero redondeada por delante, y la parte anterior de su cuerpo estaba revestida de escamas óseas y angulares; no tenía dientes, sus aletas pectorales eran grandes y carecía de cola. El animal pertenecía al mismo orden que el esturión, pero difería de este en muchos detalles esenciales. Tras un breve examen, mi tío emitió su veredicto. —Este pez pertenece a una familia extinta, de la cual solo se hallan rastros fósiles en las formaciones devónicas. —¡Qué! —exclamé—. ¿Hemos pescado vivo a un habitante de los mares de las edades primitivas? —Sí; y observarás que estos peces fósiles no tienen identidad con ninguna especie viva. Tener en posesión un espécimen vivo es un acontecimiento feliz para un naturalista.
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XXXII. Maravillas de las profundidades
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