Perdidos en las entrañas de la tierra
Describir mi desesperación sería imposible. Ninguna palabra podría expresarla. Estaba enterrado vivo, con la perspectiva ante mí de morir de hambre y de sed.
Mecánicamente barrí el suelo con las manos. ¡Qué seca y dura me pareció la roca!
Pero ¿cómo me había apartado del curso del arroyo? Pues era un hecho terrible que ya no corría a mi lado.
Comprendí entonces la razón de aquel silencio espantoso, cuando por última vez presté oído por si algún sonido de mis compañeros llegaba a mis oídos.
En el momento en que abandoné el camino correcto no había notado la ausencia del arroyo. Es evidente que en ese instante se me había presentado una desviación, mientras que el Hansbach, siguiendo el capricho de otra pendiente, se había ido con mis compañeros hacia profundidades desconocidas.
¿Cómo iba a regresar? No quedaba ni rastro de sus pisadas ni de las mías, pues el pie no dejaba marca alguna sobre el suelo de granito. Me devané los sesos en busca de una solución a aquel problema impracticable. Una sola palabra describía mi situación.