Maravillas de las profundidades
El 13 de agosto nos despertamos temprano. Íbamos a empezar a adoptar a partir de entonces un modo de viajar a la vez más rápido y menos fatigoso que hasta el momento.
Un mástil fue hecho de dos palos unidos, una verga se hizo con un tercero, una frazada tomada de nuestras cubiertas hizo una vela tolerable. No faltaba cordaje para la arboladura, y todo estaba bien y firmemente hecho.
Las provisiones, el equipaje, los instrumentos, las armas y una buena cantidad de agua fresca de las rocas circundantes encontraron su lugar adecuado a bordo; y a las seis el Profesor dio la señal de embarcar.
Hans había adaptado un timón para dirigir su embarcación. Tomó la caña y desatracó; se izó la vela y pronto estuvimos a flote.
En el momento de abandonar el puerto, mi tío, a quien le apasionaba tenazmente bautizar sus nuevos descubrimientos, quiso darle un nombre y propuso el mío entre otros.
—Pero tengo uno mejor que proponer —dije—: Gräuben. Que se llame puerto Gräuben; quedará muy bien en el mapa.
—Que sea puerto Gräuben, pues.