Comencé a sentir inquietud.
Un estremecimiento me recorrió.
—¡Con calma! —me dije en voz alta—, seguro que volveré a encontrar a mis compañeros. No hay dos caminos. Estaba demasiado adelantado. ¡Regresaré!
Durante media hora estuve subiendo. Escuché por si llamaban, y en aquella atmósfera densa una voz podía llegar muy lejos. Pero reinaba un silencio sombrío en toda aquella larga galería.
Me detuve. No podía creer que estuviera perdido. Estaba desconcertado por un momento nada más, no perdido. Tenía la seguridad de que volvería a encontrar el camino.
—Ven —repetí—, puesto que no hay más que un camino, y ellos están en él, tengo que volver a encontrarlos. No tengo más que seguir ascendiendo. A menos que, por el contrario, al no verme y suponer que iba detrás, también ellos hayan regresado. Pero