Estudios geológicos in situ
Al día siguiente, martes 30 de junio, a las 6 a. m., la marcha del descenso recomenzó.
Aún seguíamos por la galería de lava, una verdadera escalera natural, y de pendiente tan suave como esos planos inclinados que en algunas casas viejas todavía reemplazan a los tramos de escalones. Y así continuamos hasta las 12:17, el momento preciso en que alcanzamos a Hans, que se había detenido.
—¡Ah! Ya estamos aquí —exclamó mi tío—, en el mismo extremo de la chimenea.
Miré a mi alrededor. Estábamos parados en la intersección de dos caminos, ambos oscuros y estrechos. ¿Cuál debíamos tomar? Esto era una dificultad.
Aun así, mi tío se negó a admitir el menor titubeo, ni ante mí ni ante el guía; señaló el túnel oriental y los tres no tardamos en meternos en él.
Además, habría habido una vacilación interminable ante esta elección de caminos; pues, como no había indicación alguna que guiara nuestra elección, nos veíamos obligados a fiarnos del azar.
La pendiente de esta galería era apenas perceptible, y sus tramos muy desiguales.