iría a pie. Conocía a la perfección toda aquella parte de la costa y prometió llevarnos por el camino más corto.
Su compromiso no terminaba con nuestra llegada a Stapi; iba a continuar al servicio de mi tío durante todo el periodo de sus investigaciones científicas, por la retribución de tres rixdaler a la semana (unos doce chelines), pero era una cláusula expresa del contrato que su salario se le contara cada sábado a las seis de la tarde, lo cual, según él, era una parte indispensable del acuerdo.
La salida quedó fijada para el 16 de junio. Mi tío quiso pagar al cazador una parte por adelantado, pero este se negó con una sola palabra:
“Efter,” dijo él.
“Después”, dijo el Profesor para mi edificación.
Concluido el tratado, Hans se retiró en silencio.
—¡Un tipo famoso! —exclamó mi tío—, ¡pero bien poco se imagina el maravilloso papel que le toca desempeñar en el futuro!
—Así que ha de venir con nosotros hasta—
—Hasta el centro de la tierra, Axel.
Quedaban cuarenta y ocho horas antes de nuestra partida; a mi gran pesar tuve que emplearlas en los preparativos; pues toda nuestra inventiva era necesaria para empacar cada artículo de la mejor manera posible: instrumentos aquí, armas allá, herramientas en este paquete, provisiones en aquel; cuatro juegos de paquetes en total.
Los instrumentos eran:
Un termómetro centígrado de Eigel, graduado hasta 150 grados (302 grados Fahr.), que me pareció demasiado o demasiado poco.