se había extendido por todo el mundo civilizado. La gente se negaba a creerlo, y cuando lo veían, menos querían creerlo todavía. Aun así, la aparición de Hans y diversas noticias procedentes de Islandia contribuyeron a tambalear la confianza de los incrédulos.
Entonces mi tío se convirtió en un gran hombre, y yo pasé a ser el sobrino de un gran hombre, lo cual no es un privilegio para despreciar.
Hamburgo celebró una gran fiesta en nuestro honor. Se le concedió al Profesor una audiencia pública en el Johannæum, en la cual lo contó todo acerca de nuestra expedición, con una sola omisión: el inexplicable e inexplorado comportamiento de nuestra brújula.
Ese mismo día, con gran pompa, depositó en los archivos de la ciudad el ya famoso documento de Saknussemm, y expresó su pesar de que circunstancias ajenas a su voluntad le hubiesen impedido seguir hasta el mismísimo centro de la tierra la huella del sabio islandés.
Era modesto a pesar de su gloria, y era aún más famoso por su humildad.
Tanto honor no podía dejar de despertar envidia. Hubo quienes le envidiaron su fama; y como sus teorías, apoyadas en hechos conocidos, se oponían a los sistemas científicos sobre la cuestión del fuego central, sostuvo con su pluma y con su voz memorables discusiones con los sabios de todos los países.
Por mi parte, no puedo coincidir con su teoría del enfriamiento paulatino: a pesar de lo que he visto y sentido, creo, y creeré siempre, en el calor central. Pero reconozco que ciertas circunstancias aún no suficientemente comprendidas pueden tender a modificar localmente la acción de los fenómenos naturales.