2:13 a.m. — El tiempo frente a la muerte
O’Brian se revolvió un poco inquieto en su silla junto a la puerta del vestuario y bostezó; luego miró su reloj.
Eran casi las dos y cuarto. Empezó a enumerar las diversas cosas que daría por una buena taza de café negro y cargado, y su camisa encabezaba la lista. O, si no era café, alguna emoción que lo mantuviera despierto.
El teléfono sonó con estrépito.
Se levantó bruscamente y fue hacia el aparato. Sería, se imaginó, el teniente Valcour llamando de nuevo para averiguar si todo iba bien. Bueno, todo iba bien.
O’Brian levantó el auricular y dijo: «¡Hola!».
Nadie le respondió, y no se escuchaba ningún sonido del otro lado de la línea, a menos que se pudiera llamar sonido a una especie de ruido sordo y a un débil repiqueteo que bien podría haber sido el vidrio rompiéndose.
—¡Hola! —volvió a decir O’Brian.
La línea no estaba muerta, porque no se oía ese zumbido peculiar que se percibe cuando se corta la comunicación. El auricular del teléfono del otro extremo estaba sin duda descolgado. O’Brian mentó a uno de los santos patronos de Irlanda y quiso saber, con mucho énfasis, qué clase de burla y juego sucio se traían con él.
«¡Hola!» Lo intentó de nuevo.