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nydus/Murder by the ClockPublic
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XXXI

Pero sobre todo pensaba en la señora Endicott, que ahora era la señora Hollander.

Los annales de la historia y los anales del crimen estaban bordeados de mujeres exactamente como ella: mujeres bellas y asombrosas que giraban con sus incertidumbres como satélites en torno al mundo de los seres normales, dejando a su paso su fulgor funesto y llamativo como un gas venenoso e impalpable sobre la superficie de cada persona a la que desplumaban y torturaban en el intrincado enigma de sus corazones.

La ley jamás pudo tocarla, ni tampoco ninguna persona. Ella escaparía. Siempre escaparía, con la sutileza del mercurio escurriéndose entre dedos impotentes.

Porque ella había escapado.

No le cabía la menor duda al respecto. Ella había sido el centro de atención hacía cinco años en aquel caso Endicott, sin importar lo que dijeran la ley o los hombres.

Su falsificación de esa posdata había tenido una intención más profunda, más deliberada, que la de simplemente romper cualquier aventura entre su esposo y Marge Myles: iba a ser la ruptura de todas sus aventuras. De él mismo.

Ella era la verdadera asesina de su esposo, y no Marge Myles. Se había limitado a extender la mecha hasta un explosivo adecuadamente letal y luego había aplicado la cerilla.

Los movimientos de los demás no habían sido más que giros ejecutados por marionetas de hilos. Y ella había sostenido los hilos.

Algunas de sus marionetas habían muerto, se habían suicidado y habían sido asesinadas. Y eso no importaba en lo más mínimo. El mundo era eterno, ella misma era eterna, y un sinfín de marionetas crecían perenne cada primavera.

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