Estaba cargado de estrellas que la cautivaban como si fueran otros tantos médiums mágicos dispuestos en el cielo con el único propósito de concederle sus deseos terrenales. ¿Deseos? Se encogió de hombros. Soltó las cortinas, y estas volvieron a su sitio.
Una criada abrió la puerta de la sala y entró.
—Un teniente de la comisaría, señora.
—De acuerdo, Jane. Pídele que suba. ¿Dio su nombre?
—Teniente Valcour, señora, creo que dijo.
«Intenta tener más cuidado en el futuro al aprenderte los nombres».
—Sí, señora.
La señora Endicott encendió otro cigarrillo. Su sensación de haber hecho lo correcto empezó a abandonarla precipitadamente. La policía tenía la costumbre de descubrir cosas: cosas inesperadas, ajenas a cualquier asunto entre manos. Estaba segura de ello, y se preguntó en qué se basaba ese conocimiento: libros, rumores. Tendría que ir con cuidado, pero al fin y al cabo, una persona con inteligencia... Él estaba de pie en el umbral.
—Mi criada —dijo ella— no estaba segura de su apellido. ¿Es Valcour?
Notó con una sensación de alivio que no iba en uniforme y que había dejado el sombrero y el abrigo en la planta baja. La señora Endicott aborrecía hablar de asuntos que rozaban la posible intimidad con personas ataviadas con sombrero y abrigo.
Era un hombre apacible y maduro, de rasgos vulgares pero no faltos de distinción, bien vestido de tweed y sin fumar ningún puro. Le transmitía una calmada sensación de tranquilidad.