muerto, sin duda lo aparentaba. La animación suspendida y la catalepsia estaban muy bien como figuras retóricas, pero la ilustración humana resultaba bastante truculenta. El teniente Valcour se consideraba con derecho a creer que conocía sus cadáveres. Se preguntó por qué el doctor Worth se demoraba —vacilaba—, no, inclinándose ahora, y en su mano, listo para administrar la inyección de adrenalina en los músculos cardíacos, tenía...
La respuesta fue inmediata.
Con la ayuda del estetoscopio, el Dr. Worth oyó el corazón de Endicott latir de nuevo, volviéndose cada vez más fuerte. Bastante perceptiblemente bajo las luces blancas y brillantes, un débil rubor comenzó a extenderse por la piel de Endicott.
El teniente Valcour lo vio, y se húmedeció con la lengua la superficie seca y apretada de los labios.
El Dr. Worth se enderezó y le entregó el estetoscopio al médico forense.
«Endicott vive», dijo.
Nadie había notado a la señora Endicott de pie en el umbral. Nadie había notado siquiera que la puerta estuviera abierta. Fue su grito terrible, su desplome en el suelo, lo que sacudió a todos haciéndoles cobrar conciencia instantánea de su presencia.
El doctor Worth le hizo un gesto a una enfermera. Con su ayuda levantó a la señora Endicott y la sacó de la habitación.
Todos los demás permanecieron literalmente hechizados, aún encadenados bajo la influencia de aquel grito extraordinario. No pareció transcurrir más de un segundo o dos antes de que el doctor Worth regresara. Fue directamente hacia el teniente Valcour.