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nydus/Murder by the ClockPublic
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Hallmarks of Murder

alguna otra cosa, como una discusión, tal vez, o una lucha secreta y amarga. El significado preciso resultaba elusivo, y lo desestimó, o más bien lo guardó en su memoria en aquel compartimento que ya contenía seis colillas de cigarrillo apenas fumadas, una uña rota, marcas de contusiones y una nota que, a la vista del cadáver, cabía presumir con seguridad que había sido una amenaza.

Una doncella llamó a la puerta y entró. Miró fijamente y con aire especulativo durante un segundo curioso al teniente Valcour.

—¿Llamó la señora?

—No, Roberts. Ha llamado el teniente Valcour. El teniente Valcour es de la policía.

Cualquier anuncio repentino de la policía es siempre impactante. Es el preludio de tantas posibilidades desagradables incluso en las vidas de los más irreprochables. Están en la misma categoría que los telegramas.

El teniente Valcour advirtió que Roberts aceptó su identidad sin nada más que contener la respiración casi de manera imperceptible. La actitud de la señora Endicott le desconcertó. No era resentimiento, desde luego, ni ningún esfuerzo por ser grosera; tales emociones parecían del todo intrascendentes en este momento en que debía de estar desgarrada por un impacto muy severo. Le recordó al juego aimado de unos relámpagos haciendo payasadas antes de la furia deliberada de una tormenta.

—La señora Endicott le explicará las cosas —dijo—. Quédese con ella, por favor.

Quedaba flotando, al entrar en el cuarto de baño, la imagen de las dos mujeres, separadas por la distancia de la estancia, de pie e inmóviles, mirándose fijamente la una a la otra: la señora Endicott, joven, de una belleza exquisita; la otra, mayor, totalmente implacable. La conexión era

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