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nydus/Murder by the ClockPublic
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XXIV. As the Colours of Dawn

Pensó en Bohême —el alba siempre le hacía pensar en Bohême— y tarareó un compás o dos en voz baja. Luego pensó en la señora Endicott, y sus pensamientos se dibujaron en tonos pastel con los colores del alba: una mujer de semitonos y superpuestos matices de laca.

Se le quedó muy claro en la mente que ella jamás habría matado a su marido. Ni a Hollander. Que, de hecho, jamás habría matado a nadie en absoluto. La creencia se arraigó firmemente, aun a pesar de la considerable cantidad de pruebas en su contra.

Él repasó su caso, en resumen, tal como el fiscal lo presentaría ante un jurado: desde el mismo principio existía ese hecho contradictorio de que ella hubiera llamado por teléfono a la policía. ¿Por qué?

Sobre el frágil fundamento de una nota a lápiz que bien pudo haber sido una amenaza o no, y una corazonada instintiva de que su marido corría peligro. La acusación interpondría a continuación un par de chistes ingeniosos sobre el tema general de las corazonadas, la adivinación y el As de Picas. Señalarían que las personas que cometían delitos que inevitablemente iban a ser descubiertos en poco tiempo se ponían en contacto de vez en cuando con la policía con el fin de utilizar ese gesto como premisa de su inocencia.

Ahí estaban sus claras admisiones de intención de matar a su marido —el hecho de haber salido de su habitación inmediatamente después de que este hubiera llamado a la puerta y se hubiera despedidos— y sus acciones recientes más perjudiciales con respecto al narcótico y el haber estado en el balcón.

¿Motivo?

El fiscal podría ofrecer mil. Los más destacados incluirían un ataque de celos por las indiscreciones fácilmente demostrables de su marido con otras mujeres y su propia actitud bastante significativa hacia Hollander.

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