—Sí, señor.
El teniente Valcour entró en la habitación de Endicott y cerró la puerta. Se estaba convirtiendo en un acto mecánico para él el hecho de dirigirse al escritorio y sentarse.
La hoja de papel de cartas perfumada, que dos veces le habían impedido leer debido a las interrupciones, llamó su atención de inmediato. Leyó la carta de principio a fin.
No te creo [comenzaba, sin preámbulos], y desde el principio te digo que creo que eres un mentiroso y un piojo. Harry nunca le escribió a tu mujer semejante cosa, y aun si lo hubiera hecho no prueba nada de todos modos. Nadie puede probar nada . Te parece gracioso asustarme y si lo haces una vez más te voy a mostrar exactamente cuán maldito gracia hace. He terminado contigo de la misma manera en que tu mujer ha terminado contigo y eres una rata asquerosa.
No —decidió el teniente Valcour—, una persona esencialmente agradable.
Dobló la carta y se la guardó en el bolsillo para que hiciera compañía a la posdata falsificada por la señora Endicott. Serviría admirablemente para establecer un móvil y ayudaría al fiscal a asegurar el caso.
Tan pronto como, añadió con desdicha, hubiera descubierto al criminal y el arma del delito. Ese criminal —se repitió en voz baja para sus adentros— que, con su arma, seguía suelto por la casa, a menos que su teoría del caso fuera fundamentalmente errónea.
Y en eso residía el peligro, la fuente de aquel curioso presentimiento de amenaza inminente que se había apoderado de él a intervalos irregulares